Utopías, distopías y mundos posibles.

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Viajar a través del cuerpo humano, contactar con el más allá e incluso alcanzar la inmortalidad… Son solo algunos anhelos propios de mundos fantásticos. Esperanzas y búsquedas aparentemente imposibles y por ello ubicadas en entornos utópicos que, sin embargo, cada vez se parecen más a nuestra realidad. Vivimos inmersos en un momento crucial en el que la ciencia y la realidad virtual parecen transformar los sueños imposibles en realidades palpables.

Distopía, eutopía, ucronía, ecotopía, ciberpunk… Cada una de estas representaciones es una fragmentación más de la utopía. Pero, si pudiéramos cerrar los ojos (¿acaso abrirlos?) y sumergirnos en una de ellas, ¿cuál elegiríamos? Sin duda el ser humano siempre soñó con utopías y entornos utópicos; es decir, idealizaciones y sociedades o mundos perfectos, o que tienden a la perfección, donde reina la harmonía y la despreocupación o donde, al menos, cabe entender cierta capacidad para solventar problemas aparentemente irresolubles. Un lugar idílico que la misma sociedad se encargará de hacernos creer inalcanzable, partiendo del lenguaje, como herramienta que condiciona nuestro pensamiento, pues utopía, palabra de origen griego, significa algo así como «no lugar», «lugar que no existe».

Mientras que la utopía (término, aunque no concepto, que debemos a la obra del mismo nombre, 1516, de Tomás Moro –1478-1535–) se asemeja al sueño y esperanza, su otra cara (asentada en una realidad decadente y oscura) es la distopía. Antídoto perverso que sitúa nuestro universo en sociedades totalitarias, (post)apocalípticas y alienantes. La negación de la utopía que, desde su nombramiento («contrario al lugar que no existe»), nos inocula un peligroso (pero sutil) mensaje que afirma que, por contra, estas sí son sociedades posibles.

Este enfrentamiento dialéctico, pero que se da en numerosas obras artísticas, plantea una desventaja. A través de la lengua y sus significaciones, se nos insiste en que el mundo ideal es ilusorio y, por lo tanto, hemos de ser sensatos y alejarnos, plantándonos en el mundo real donde, por el contrario, todo puede ir a peor, sin siquiera plantear límites. Es la primera y más obvia representación de distopía como forma de control.

El jardín de las delicias (1500-1505), del Bosco (1450-1516), es una representación bastante aclaratoria de esta dualidad: paraíso frente a infierno. Utopía contra distopía. No lugar contra anti no lugar. Infierno al que se llega desde el paraíso a través del jardín de las delicias, que representa nuestro mundo, ya corrompido. Vivimos en la pieza central y más extensa, de camino al inevitable final.

Y, sin embargo, no solamente a través del arte, sino desde la misma sociedad, vivencias, avances tecnológicos…, se han planteado matices a cómo deben y pueden ser las cosas. E incluso a cómo podrían haber sido. Es el caso de las ucronías, historias alternativas que comienzan con «¿y si…?», que nutren multitud de planteamientos creativos. Los totalitarismos alimentan también este género especulativo. Las similitudes entre La conjura contra América (2004), de Philip Roth (1933-2018), y la sociedad erigida por Donald Trump, vuelven a poner de manifiesto el valor de las obras de ficción especulativas enmarcadas en una realidad cercana.

En cada una de ellas, se esconden vivencias y segundas lecturas que plantean críticas sociales y políticas. Es el caso de la trilogía distópica por excelencia: Un mundo feliz (1931), de Aldous Huxley (1894-1963), 1984 (1948), de George Orwell (1903-1950) y Fahrenheit 451 (1953), de Ray Bradbury (1920―2012). Las tres, distopías políticas en las que se plantean mundos parecidos al nuestro, que han acabado corrompiéndose enarbolando la palabra progreso y cincelando a golpe de dictadura, miedo, tecnología y abuso. Y de las que hemos de extraer un mensaje de alerta, un toque de atención que debería hacernos sonrojar cuando, en la distancia, comparamos sus historias con el mundo que hemos hecho nuestro. Si el control es una base fundamental del planteamiento distópico, lo hemos sobrepasado de largo, de modo que ya no es necesaria la observación continua del Gran Hermano, pues ahora somos nosotros los que exponemos nuestros datos e información personal compartiéndola en formato digital, amparados en una supuesta libertad, sin atender a posibles repercusiones presentes o futuras. La sociedad  ignora haber abrazado al panótico de que alertaba Foucault (1926-1984). Óscar Brox (filósofo y crítico cinematográfico) explica en Distopía y cine. Futuro(s) imperfecto(s) (VV. AA., 2017) esta encarnación en la que vivimos sin darnos cuenta: «Lo que en definitiva, nos conduce a una crisis de libertad tan propia de las ficciones distópicas…, solo que aquí no hay un tirano o una figura autoritaria, tan solo la soledad y el narcisismo, para ejercer esa presión sobre nuestras respectivas identidades. Como inquilinos de una realidad en la que no es necesaria una comunidad hostil para conducirnos a la locura».

Las barreras que definen y separan estos conceptos en ocasiones se diluyen, planteando serias dudas acerca de lo que las sociedades viven como idealismo. Así es necesario observar desde el ángulo de la cosmovisión, contextualizando siempre las obras e ideas que plasman estos mundos, siempre fruto del momento en que son pensadas. Por ello, en ocasiones la utopía alude a planteamientos fantásticos y muy subjetivos, aparentemente irrealizables, mientras que la eutopía (buen lugar), haría alusión a imaginarios más universales y cercanos a la realidad (por tanto, buena utopía). Así, acudimos a paradójicas transformaciones de proyectos utópicos en distopías, y viceversa. Un claro ejemplo se encuentra en numerosos proyectos urbanísticos, imaginados como micromundos idílicos que acabaron transformándose. Para ello, no olvidemos, hay que observar estos mundos con distancia, poniéndolos a enfriar para descubrir en qué han acabado mutando. Brasilia fue ideada como un modelo de ciudad utópica en la que no cabría la diferencia de clases y que, con el paso de los años ha acabado desbordada por el número de habitantes y su crecimiento periférico. No es casual que Brazil (Terry Gilliam, 1985) fuera el nombre elegido para la obra inspirada en 1984, pero cuyo espíritu encarna Franz Kafka (1883-1924), padre de la distopía burocrática. Además, Brazil, igual que Los juegos del hambre (Gary Ross, 2012) se rodó en un futurista escenario parisino conocido como Noisy-le-Grand, una alucinación utópica, hoy en decadencia distópica. Tianducheng, por el contrario, es una fantasía que replica la capital francesa en el corazón de China; sueño utópico que tras su creación se tornó en pesadilla distópica generando una ciudad fantasma, pero que renació en 2017 poblando gran parte de sus calles. RoboCop (Paul Verhoeven, 1987)  volvía a colocar una obra cinematográfica a la altura de la profecía al augurar un negro futuro a la antaño floreciente ciudad de Detroit, hoy convertida en una ciudad desierta (incluso para casos aislados, como este, se juega con la terminología, y se genera un término nuevo y único: Detropía).

La utopía, transciende el arte o la narrativa, pues está asentado en la conciencia colectiva en todas sus dimensiones. Pero echando un vistazo a las numerosas obras que abordan las distintas formas de utopía, y entendiendo que en narrativa el conflicto suele hacerse necesario, las tramas acaban o bien desenredando la madeja de la perfección o, directamente, muestran mundos muy poco idílicos. En palabras del profesor Antonio Santos (Tierras de ningún lugar, 2017), es inevitable, aunque no por razones narrativas: «no es posible debido a su propia naturaleza: no se puede hacer realidad un proyecto social perfecto, siendo su creador y protagonista el hombre, un ser esencialmente imperfecto, complejo y contradictorio». De acuerdo, supongamos que nos hemos doblegado al derrotismo y damos por sentado que el hombre no puede generar ideas perfectas o ejecutarlas. Pero, ¿y la máquina? La tecnología de la que tanto nos alertan las obras distópicas, ¿no podrá encarnar un papel superior al del ser humano, más cercano a la perfección? A través de la realidad virtual nos hemos visto inmersos en algunos de estos escenarios imaginarios –de hecho la VR ha sido una herramienta protagonista en un buen número de estas obras: Días extraños (Kathryn Bigelow , 1995), Sleep Dealer (Álex Rivera, 2008), Gamer: juegan contigo (Neveldine & Taylor, 2009), Soma (Thomas Grip, 2015), Ready Player One (Steven Spielberg, 2018)…, sin embargo, ¿cómo ha respondido la realidad virtual a las expectativas que se pusieron en ella durante el pasado? ¿Se parece la realidad virtual tan solo un poco a El cortador de césped (Brett Leonard, 1992)? ¿Hasta dónde ha supuesto un cambio revolucionario como herramienta tecnológica? ¿Alcanzará, efectivamente, la completa realidad, como aventuró Raymond Kurzweil antes de la llegada de la era de los futurnautas que auguran los transhumanistas?

Desde La Frontera VR ya nos hemos hecho eco de diversos beneficios de la realidad virtual en el sector médico. Un universo donde la investigación y desarrollo no tiene límites y en el que seguimos encontrando interesantes referentes. Tanto la realidad virtual como la realidad aumentada son nuevas herramientas terapéuticas cada vez más frecuentes en el tratamiento de diversos trastornos. La posibilidad de crear un mundo controlado, donde el paciente se siente suficientemente seguro, pero en el que se enfrenta de forma voluntaria a sus propios miedos, iguala o supera algunos de los planteamientos propios de la ciencia ficción especulativa del pasado.

Como ya adelantamos, La Frontera VR es uno de los estudios de realidad virtual referente en España en el sector médico. Recordemos por qué: gracias a este proyecto educativo para Laboratorios Roche, desarrollamos una herramienta de simulación, en la que los profesionales podían aprender a administrar el tratamiento en los pacientes de una manera segura y eficaz.

Son numerosas las obras inspiradas en una historia de Otto Klement (1891-1983) y Jerome Bixby (1923-1998). Las más famosas: Viaje alucinante (Richard Fleischer, 1966), El chip prodigioso (Joe Dante, 1987) o Érase una vez… la vida (Albert Barillé, 1987). Aquella inmersión a través del interior del cuerpo humano la hicimos realidad en este proyecto. Además, gracias al uso de inteligencia artificial, fue posible que el viaje se convirtiera en una experiencia viva, donde cada inmersión siempre era diferente. Otros viajes a través del cuerpo humano desarrollados para Roche son este o este, que sirvió para acompañar una charla formativa para 150 profesiones, en la que pudieron seguir a la ponente de forma simultánea.

En este otro ejemplo podemos ver el uso de la VR como acompañamiento para el tratamiento de las fobias infantiles.

Y, de igual modo, la VR ya se utiliza en las salas de operación, con igual éxito. Este es un ejemplo de realidad mixta en el madrileño Gregorio Marañón y este el del sevillano Virgen del Rocío. En este ejemplo, la Universidad de Stanford, podemos ver cómo procesos quirúrgicos cruciales y precisos se estudian con precisión a través de la reproducción tridimensional del paciente, es decir: podrán acceder a una réplica exacta de aquello que deban intervenir posteriormente en quirófano.

Pero además de servir como preparación a los médicos, la realidad virtual se aplica ya en numerosos campos de enseñanza y simulación. Es el caso del sistema de entrenamiento de los bomberos de Nottinghamshire (Inglaterra)  que aprovecha la recreación de entornos realistas inmersivos, para simular situaciones de riesgo y fomentar la toma de decisiones. Además, gracias a la tecnología utilizada se puede monitorizar y estudiar cada uno de los casos y actuaciones, permitiendo un acompañamiento y análisis de resultados o estadísticas.

Especialmente interesantes son las experiencias que ayudan a fomentar la empatía. La máquina de ser otro es un proyecto a camino entre el experimento sociológico y el artístico, que persigue promover la tolerancia y el respeto mutuo a través de estímulos sensoriales.

En Idibaps reconocen el éxito de la realidad virtual como herramienta para que los maltratadores reconozcan las emociones y el sufrimiento de la víctima. Verdadero avance, pues este suele ser la principal carencia de los agresores.

Los diferentes cargos de una empresa, también pueden aprender a empatizar y mejorar sus habilidades cuando se ponen en la piel de otro compañero o un cliente, en muy diversas situaciones.

Sin olvidar Through my eyes, reciente documental producido por La Frontera VR junto a Amref Salud África, que a través de la narrativa, ayuda al espectador a ponerse en la piel de las mujeres africanas que aún sufren la mutilación genital.

En La isla del doctor Moreau (1896), H. G. Wells (1866-1946) narraba los experimentos inhumanos que el doctor infringía en animales. Así entendía su particular sueño utópico, donde ayudarles a mutar su naturaleza hasta humanizarlos, al precio que fuera. En la otra balanza, iAnimal, una propuesta para ponerse en la piel de los animales que sugiere cómo es la experiencia de los animales en las granjas o mataderos a través de sus propios ojos.

Sin embargo, aún hay campos en los que la realidad virtual camina con cautela. Algo tan común como la muerte, es a la vez un tema tabú sobre el que no todo el mundo está dispuesto a especular. Quizá es por ello que sigue sin despegar ninguno de sus proyectos más llamativos, pese a los años de estudio y trabajo.

En la antigüedad, gracias a la fotografía de difuntos se recordaba (de forma un tanto macabra) a los muertos, pero también se perseguía generar un vínculo diferente y nuevo con el ser amado. Ahora, diferentes empresas trabajan en proyectos que encarnan –una vez más– el espíritu entre lo utópico y distópico. Es el caso de Project Elysium, un ambicioso proyecto de Paranormal Games que pretendía recrear a una persona en un entorno virtual para que, tras su fallecimiento, pudiésemos seguir interactuando con ella (¿alguien recuerda el episodio Ahora mismo vuelvo, de Black Mirror –Owen Harris, 2013–?). Fue una idea soñada hace años, que parece haber quedado congelada o, por lo menos, sepultada por tantas otras de carácter similar, que estudian la recreación fantasmal de un individuo mediante algoritmos que pueden estudiar su comportamiento y textos en redes sociales o en correos electrónicos, para interactuar de forma realista desde el más allá. El primer paso, que se basa en simples mensajes a cargo de chatbots, podría ir complementándose con experiencias de realidad virtual en las que se pudiera incluso intercambiar contacto físico. Si no te has encogido en el asiento mientras pensabas en ello, quizá te interese formar parte del proyecto Eternime.

Menos ambiciosa es la aplicación nipona de realidad aumentada que permite honrar a los muertos desde el móvil. Las palabras elegidas acompañan la imagen del fallecido que aparece en algún lugar seleccionado.

Sin embargo, si el mundo en que vives te parece de ficción, no es nada con lo que está por llegar, ya que el proyecto 2045 augura la inmortalidad antes de dicho año. Probad a teclear en un buscador Dmitry Itskov (el nombre de su ideólogo), para descubrir la división de opiniones. Otra demostración de que la utopía nunca se imagina a gusto de todos. Quizá toque esperar unos años para contemplar asombrados cómo el posthumanismo solo era un paso primitivo hacia una nueva realidad. ¿Estamos dispuestos a avanzar hacia la utopía?

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