Viajes a través del espacio y el tiempo

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El tiempo: elemento insondable que siempre empujó al ser humano a hacerse preguntas para las que quizá jamás hallará respuestas satisfactorias. Magnitud física que pretendemos domar encerrada en frágiles esferas. Duración. Momento. Parte de un todo.

Todas las definiciones son correctas y, sin embargo, el tiempo es uno de los mayores misterios que jamás afrontaremos. Porque el tiempo, más que atravesarse, se resiste, hasta que, inevitablemente, somos derrotados por las consecuencias de su transcurso. Por eso el hombre ha necesitado creer que el tiempo es reversible, que el futuro es modelable a nuestro antojo y que llegaremos a alcanzar la eternidad. Hasta hoy, la realidad virtual es la herramienta más parecida para combatirlo, atravesarlo, viajarlo… La realidad virtual puede hacer realidad un deseo tan ancestral como actual. La realidad virtual puede acercarnos a comprender, vivir y sentir el viaje en el tiempo.

21 de octubre de 2015. Un singular grupo de cinéfilos otea el cielo en busca de coches voladores y máquinas del tiempo llegadas directamente de 1985. Así fue en nuestro 2015 real, durante las celebraciones que homenajearon  la película (trilogía) de viajes en el tiempo por excelencia: Regreso al futuro (Robert Zemeckis, 1985).

Al final de la primera película, el DeLorean conducido por Doc (Christopher Lloyd) aparece de la nada para recoger a Marty (Michael J. Fox) y a Jennifer (Claudia Wells). Las ruedas del coche se retraen y emprenden un viaje surcando el cielo hacia un lugar donde no necesitan carreteras. El trayecto, resuelto en Regreso al futuro II (Robert Zemeckis, 1989) les llevaría exactamente al 21 de octubre de 2015, una fecha que quedaría marcada en las agendas de los apasionados del viaje en el tiempo (¿o sería más correcto hablar de viajes por el tiempo?).

Más allá del hito cinematográfico innegable que representa la película, ¿por qué los viajes en el tiempo arrastran tantas pasiones? La conjunción de varios aspectos (algunos de ellos científicos y otros meramente terrenales) señalan, cual flecha del tiempo, en la misma dirección: viajar en el tiempo significa viajar a lo desconocido, al menos a la vivencia en primera persona. Viajar en el tiempo significa poder estar en los eventos que nos han contado historiadores, escritores, políticos y artistas; ellos son los que han retratado las épocas pasadas y también son ellos los que han dibujado el futuro, aunque siempre desde su mirada. Pero, ¿cómo sería poder experimentar por uno mismo estar en aquellas historias que nos han contado? ¿Sentiríamos la libertad y fraternidad si pudiéramos viajar hasta los tiempos de la Revolución francesa? ¿Resultaría tan terrorífico  y peligroso como podría parecer plantarse en medio del Pleistoceno?  Aquello para lo que no tenemos respuesta, resulta un misterio, un reto. Es probable que el tiempo siga por siempre despertando preguntas y aún más conjeturas. Pero el ser humano también se rige por leyes no escritas y anhelos. Y eso es precisamente lo que nos hace avanzar en busca de respuestas.

Hace apenas unas semanas (ver La realidad virtual, un concepto que nace en la antigüedad), recordábamos cómo siempre hemos buscado una respuesta para comprender qué es la realidad, qué significa. Pero, ¿nos hemos hecho las mismas preguntas acerca del tiempo? El concepto de espacio-tiempo, como hoy lo entendemos, es verdaderamente reciente. Hasta la llegada del s. xx el ser humano no concebía el transcurso de los años del mismo modo que nosotros, los calendarios no estaban unificados y pensar en el futuro o en el pasado, apenas podía llevarnos hasta la generación venidera o anterior. Los avances tecnológicos eran extremadamente lentos y no existía una conciencia evolutiva.

Sin embargo, el salto se acercaba a pasos gigantescos y la fiebre por el futuro estaba al caer. El cambio comienza a evidenciarse gracias a la imprenta moderna, que plasmaba los textos y ayudaba a fijar un recuerdo en la memoria, una comparativa temporal. Pero no fue hasta la revolución industrial, ya en el s. xix, que la humanidad se preocupó de veras por aquello que nos deparaba un futuro a medio o largo plazo. H. G. Wells (1866-1946) creía que el hombre preocupado por el futuro era el hombre creativo que rompía con la norma. La mirada al pasado, sin embargo, tenía más que ver con una agonía melancólica de aquello que era (o parecía) ya irrecuperable.

La máquina de vapor, los largos trayectos, los engranajes, las máquinas tejedoras, el dirigible, la radio, el cine, las aventuras y fantasías de Julio Verne (1828―1905), los artistas… Todo aquello confluyó en un breve espacio de tiempo. Había llegado el futuro. Un mundo nuevo donde comenzaba a contemplarse la evolución de otra manera. Y todo sin fijarse en la revolución científica, que estaba por llegar, y que fijó sus ojos, a su vez, en las creaciones literarias que algunos tildaban de absurdas; de hecho, son numerosos los conceptos nacidos de la pluma que acabaron en la pizarra de los físicos; por ejemplo, los multiversos o el efecto mariposa, aparecido en El ruido de un trueno (1952), cuento de Ray Bradbury (1920―2012).

Comenzaba a tramarse la posibilidad, primero fantástica, después física, de los viajes en el tiempo. H. G. Wells sentaría una tradición de base científica, pese a que su Máquina del tiempo (1895) probablemente estaba inspirada en relatos más antiguos: El reloj que retrocedía (The Sun, 1881), de Edward Page Mitchell (1852―1927) o Un yanqui en la corte del rey Arturo (1889), de Mark Twain (1835―1910). Sin embargo, aunque no está claro que llegase a ojos ni oídos de Wells, fue una novela de origen español, El Anacronópete (1887, adaptada de la zarzuela del mismo autor, de 1881), de Enrique Gaspar y Rimbau (1842―1902) la que plantea el primer viaje en el tiempo a través de una máquina del tipo que hoy conocemos. Claro que esta también parece inspirarse en Lumen, historia de un alma (1872), de Camille Flammarion (1842―1925). Un ensayo surgido de todo esto fue el del ingeniero aeronáutico y escritor John William Dunne (1875―1949), amigo de Wells, que en 1927 publicó Un experimento con el tiempo, donde teorizaba sobre que todo está transcurriendo en un mismo instante, pese a que solo tenemos conciencia del presente. Y esto pretende demostrarlo con la precognición de hechos a través del sueño. Su teoría influyó en numerosos filósofos y artistas, como  William Burroughs (1914―1997), Jean Cocteau (1889―1963) o Jorge Luis Borges (1899―1986).

Durante aquellos años, la física daría su particular salto en el tiempo. Albert Einstein (1879-1955) rompe con la tradición de Isaac Newton (1643-1727) ―que afirmaba que el tiempo era inmutable―. Einstein publica la teoría de la relatividad especial en 1905 y la de la relatividad general entre 1915 y 1916. El tiempo ahora es una dimensión e incluso se empieza a teorizar en serio sobre la posibilidad de viajar al futuro. No es hasta la década de los cuarenta, que el filósofo, lógico y matemático Kurt Gödel (1906-1978) se fijó en la teoría de la relatividad general, para redactar la métrica de Gödel. Plantea que existen universos en los que las líneas se curvan sobre sí mismas; son las líneas cerradas de tipo tiempo (CTC). Este hecho plantea la posibilidad del viaje al pasado o, como mínimo, de influir sobre él. O lo que es lo mismo: retrocasualidad (que un hecho posterior influya sobre uno anterior).

El teatro también rompe con la cuarta dimensión, teniendo como autor más representativo, probablemente a J. B. Priestley’s (1894-1984), quien escribió una serie de obras llamadas Time Plays. Sin embargo, es el cine el que conecta de manera más intuitiva con el público y la idea del viaje. En la pantalla podían verse civilizaciones perdidas o solamente soñadas. Dice Pep Prieto (periodista y escritor) en Al filo del mañana (UOC, 2019), que el cineasta es lo más parecido a un viajero en el tiempo. Así lo constata el cine, como invento en sí mismo que permite congelar, acelerar o retroceder. La televisión o el cine han narrado sus propias fantasías o versiones científicas, especulando con toda clase de posibilidades: Doctor Who es un claro homenaje (de hecho, el Doctor es un Señor del Tiempo) y Star Trek, son presumiblemente, sus mayores exponentes televisivos (sin olvidar la reciente aventura patria de El ministerio del tiempo). Mientras que en cine hay numerosas obras grabadas para siempre en la retina colectiva: fantasías distópicas como Metrópolis (Fritz Lang, 1927), una película sin viajes en el tiempo, pero con una mirada absolutamente desconcertante y vanguardista puesta en el futuro; El testamento de Orfeo (Jean Cocteau, 1960), película inspirada en el incidente Moberly–Jourdain (recogido en Una aventura en el tiempo –Charlotte Moberly y Eleanor Jourdain, bajo los seudónimos Elizabeth Morison y Frances Lamont, 1911­–); El muelle (Chris Marker, 1963), extraño experimento que inspiraría Doce monos (Terry Gilliam, 1995); la saga de El planeta de los simios; los primeros Terminator(s); Regreso al futuro (que ya apuntamos antes como obra cumbre de los viajes en el tiempo); Atrapado en el tiempo (Harold Ramis, 1993); Donnie Darko (Richard Kelly, 2001); Primer (Shane Carruth, 2004), probablemente la película más rigurosa sobre viajes temporales, aunque seguro que no la más divertida; Coherence (James Ward Byrkit, 2013), con su particular ejemplo del principio de incertidumbre de Heisenberg; etc.

Es una pequeña síntesis de lo que la ficción puede aportar al espectador. Incluso podemos entender las películas históricas como experiencias de viaje en el tiempo. Si entramos en el juego de la obra y pasamos una o dos horas inmersos en sus imágenes y en su ficción, también estamos viajando a otro lugar y a otra época. Pero, ¿y si pudiéramos elegir un lugar en el tiempo, adónde iríamos? Mientras no se establezca un quorum, se invente una máquina (que funcione más allá de los nanosegundos) y se democratice el viaje, podemos encontrar en la realidad virtual una auténtica alternativa. Una posibilidad verdadera de trasladar la experiencia imaginativa o cinematográfica, la recreación histórica o la pura emoción fantástica… Es algo que ya está ocurriendo y sobre lo que se va perfeccionando, dando veracidad a la experiencia. Podemos afirmar que la VR es el primer acercamiento certero y verdadero al viaje en el tiempo. Aquel con el que empezaron a soñar aquellos visionarios decimonónicos.

Y, más allá de la creación artística, la posibilidad de que la recreación sea fidedigna, posibilita la sensación inmersiva real. La fotogrametría, por ejemplo, ayuda a que la precisión sea milimétrica. Con una técnica que aúna forma, dimensión y posición, complementada a través de técnicas en tres dimensiones, es posible acercarse a la recreación histórica perfecta. Conocer el objeto real, poder fotografiarlo al detalle, implica que podamos introducirlo en nuestros universos virtuales.

A través de la VR, podemos acercarnos a aquellos momentos de la historia que siempre nos apasionaron, siendo testigos directos o protagonistas, o bien dejarnos llevar por momentos que nos son desconocidos; aprender adentrándonos en obras de arte o ser testigos de nuestros propios actos desdoblándonos al retroceder; cruzar el corazón de antiguas civilizaciones o generar paradojas imposibles. En realidad, podemos crearlo todo, vivirlo todo, disfrutarlo todo.

La realidad virtual nos acerca de maneras ingeniosas a lugares antes nunca soñados, poniéndonos en la piel de aventureros, como en el caso de Time Machine VR, una videojuego inmersivo donde retrocedemos hasta codearnos con los dinosaurios para poder cambiar el futuro.

El mundo del arte también ofrece multitud de oportunidades. Tan solo hay que fijar la vista en una obra pictórica y dejarse llevar… Es lo que plantea la serie de experiencias en 360o de Canal Arte. A través de Arte Trips es posible adentrarse en profundidad en el entorno de obras del VeroneseVelázquez, Gauguin o Monet. Historia + arte = viaje en el tiempo.

Los viajes en el tiempo también están siendo fruto de experimentos sociológicos. Advanced Virtuality Lab (AVL), de Israel, generó un entorno realista en el que un grupo de personas se veían sometidas a situaciones límite, tomando sus propias decisiones y pudiendo retroceder después en el tiempo e interactuar con ellos mismos. La idea era comprender cómo se comportarían en dichas situaciones, pero pasando de la teoría, a la práctica. Verse inmerso en una experiencia es muy diferente que imaginar. Es vivirlo en primera persona. Es viajar. Un experimento muy interesante que pretendía servir de apoyo a tratamientos relacionados con diversos traumas.

Viajes de ensueño ligados al turismo es otra de las variantes del viaje en el tiempo a través de la realidad virtual. Algo que suena a Desafío total (Paul Vehoeven, 1990), pero que ya utilizan marcas y cadenas hoteleras. A los destinos tradicionales también cabe añadir el paso el tiempo, mostrando un entorno ancestral para vivir sus calles, secretos y entorno, como eran originalmente hace siglos.

Es lo que propone el Museo Historium, que ofreció una experiencia a la que añadieron un elemento menos explotado: el olor. Viajar a la ciudad de Brujas durante su gloriosa Edad Media.

Y si de viajes soñados se trata, el viaje espacial siempre ha sido uno de los deseos del hombre, solo alcanzable –hasta hace poco– para una minoría. La VR permite recrear numerosas misiones reales, así como experimentar nuevos y fantásticos viajes imaginarios, pero siempre muy realistas.

En Viajar en el tiempo (Planeta, 2017), del cronista científico James Gleick, dice «Los documentales de Ken Burnsian, las ferias del Renacimiento, las recreaciones de episodios de la guerra civil, los canales por cable de historia y las aplicaciones de realidad aumentada alimentan la adicción. Cualquier cosa que “reviva el pasado”. Dadas las circunstancias, podría parecer que las máquinas del tiempos son innecesarias, pero los creadores de viajes en el tiempo no parecen detenerse, ni en la ficción literaria ni en el cine». Y continúa más adelante «No podemos escapar a las realidades alternativas, a las variaciones ilimitadas».

Así es. No podemos escapar a la posibilidad de imitar la vida en el tiempo. Está en nuestra mano. La Frontera VR trabaja en un proyecto (a)temporal que desvelaremos a lo largo del año. Si no quieres esperar para conocerlo, solo necesitas 1,21 gigovatios [sic] de energía y un puñado de plutonio.

 

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